viernes 4 de diciembre de 2009

Manual de amor. Sofforenza

Acerquémonos con cuidado. Que nadie note que estamos observando lo que están haciendo. Conseguiremos pasar desapercibidos y evitaremos posibles problemas con los clientes de este establecimiento veraniego. Se trata de un bar situado en primera línea de playa. No tendríamos más que cruzar la avenida, perdernos entre la vegetación de los jardines exquisitamente cuidados y estamos en la playa. Pero la costa por ahora no nos interesa. Centrémonos en lo que se cuece en el bar. Dispone de una amplia terraza en la que han colocado seis mesas de mimbre y bambú con sus respectivas sillas. Cuatro por cada mesa. De la media docena de mesas, solamente tres están ocupadas. Una de ellas es la primera de todas, en la parte derecha de la terraza. Un matrimonio con rasgos nórdicos disfrutan de una espumosa cerveza bien fría tal y como deja ver el sudor critalino de ambas jarras. En la tercera mesa esta una pareja de jóvenes que apenas hablan entre ellos. No han hecho más que entrar y sentarse. Ojean la carta y deciden de mutuo acuerdo pedir una sencilla ensalada y un refresco que no se sabe por qué hoy no van a compartir. Cada uno pedirá el suyo. Ella lo ha querido así y él, en su línea de cumplir sus deseos sean lo que sean, ha pedido que en vez de uno sean dos. La camarera toma nota extrañada. Son habituales y le sorprende la comanda.
En la sexta y última mesa esta otra pareja de edad joven charlando entre risas. Acerquémonos un poco, unos pasos nada más y les escuchamos hablar de las últimas películas que han visto en el cine. Han pasado del género de terror al de la comedia y recordando escenas no pueden evitarlo y rien a carcajadas. Hemos de fijarnos que una de sus primeras citas. Se han conocido apenas unas semanas atrás y se han caído bien. De mutuo acuerdo han dedicido darse la oportunidad de irse conociendo y ver qué puede suceder.
La camarera sale de detrás de la barra. Les pone sobre la mesa a la pareja de la mesa tres sus refrescos. Ella ni caso hace. Está demasiado ocupada en mirar hacia ninguna parte. Es él quien da las gracias mientras la camarera se acerca a la mesa seis a preguntar qué es lo que van a tomar. Dos refrescos de cola irán bien. Más tarde tomarán algo de comer, ahora no les apetece. Al unísono dan las gracias, se miran y romper a reir nuevamente. Olvidan que la camarera les ha interrumpido y retoman la conversación en el punto donde la habían dejado. El apasionante mundo laboral. La chica de la mesa tres se acerca discretmente al oído de su novio. Por mucho que agudicemos el oído no sabemos que es lo que le esta diciendo. Algo serio debe ser por la cara que se le ha quedado a ella. Él saca de su bolsillo el teléfono móvil y escribe un mensaje. No se da cuenta de que la ensalada la han servido. Ella la picotea con desgana teniendo la mirada fija en alguna parte.
Han levantado la mano los de la mesa seis. Les ha dado hambre y esperan que la camarera capte la señal que están haciendo. Ya saben que van a pedir. Dos bocadillos de pollo con salsa y ensalada, bien pasados por la plancha. Ni por la comida discuten. Algo les interrumpe. Un sonido que se repite. Se miran ignorando qué es lo que puede ser. Él se da cuenta, su móvil que suena con la melodía quele avisa de un nuevo mensaje. Saca el móvil del bolsillo de sus vaqueros y lo lee. Si nos asomamos un poco por encima de su hombro vemos lo que le han escrito.

Ella quiere saber si es una cita formal o de negocios.”

Se queda perplejo y callado. Muy callado. Ella le pregunta si le pasa algo, si se trata de malas noticias. Le vemos sonreír y haciendo uso de una mentira piadosa que ningún daño causará miente y asegura que le piden estar en casa temprano. Le cree. Mejor así. Ella ojea la carta buscando algún batido para acompañar el bocadillo. Recita en voz alta las frutas que usan como ingredientes naturales. Él la escucha en la lejanía. Sus ojos se mueven rápido hasta que repara en los clientes de la mesa tres. Quien sino podían ser. Ella, desde luego que le lanza una mirada desafiante y llena de rabia. Más que rabia parecen celos que pasan desapercibidos delante de su novio al que también conoce. Se saludan con un cortés movimiento de cabeza. La recomienda un batido de frutas del bosque pensando qué es lo que va a responder. No gasta muchas letras ni energías. Viendo las teclas que pulsa y con la rapidez con la que lo hace nos cuesta entenderlo.

Sí, es una cita y formal.”

No tarda en llegar a su destinatario que lo lee y no puede evitar mostráserlo a ella. Él se ríe creyéndolo un donjuan. Ella al verlo apura la ensalada viendo como otra se sirve un plato que era el suyo. No había comido así de rápido en la vida. Le espeta que pida la cuenta. Levanta la mano izquierda mientras con la derecha escribe algo en el móvil. Si nos ponemos de puntillas lo leemos con claridad.

Estás hecho todo un casanova, no hay quien se te resista, macho.”

Pagan estando ya de pie. Ella tiene prisa en largarse de aquel antro. Entregadas las vueltas, coge el bolso y sale dejando tras de sí el sonido de sus tacones. Él sale y poniendo dos dedos en la frente le dirige un saludo un tanto militar. Le devuelve el saludo de la misma forma. Está probando el batido de frutas que a ella le han servido. Está delicioso. Los bocadillos están esperando ser devorados. Por fortuna ella, que arranca servilletas del servilletero no se ha dado cuenta de nada.

domingo 29 de noviembre de 2009

Sagital superior

- ¿Puedo decirte algo sin que te enfades? – preguntó a sabiendas de que tocando ese tema podría salirse por peteneras.
- Anda, pregunta lo que quieras – comentó como leyendo sus pensamientos.
- ¿Lo has pasado bien durante toda la noche?
- Por supuesto, no imaginé que la noche pudiera dar tanto de sí. No puedo quejarme.
- Y sobre ese asunto que tú y yo sabemos.
- Ese asunto no me afectó para nada. Tú y los demás os encargásteis de hacerlo posible. Os cuidásteis mucho de que yo no notara nada su presencia.
- Mi obligación es protegerte.
- Vas a sacarme los colores y mira que no son horas.
- Está bien, - dice sonriendo – no te sacaré los colores. Pero dime una cosa, si es que eres capaz de explicármelo.
- Bueno, tú dirás.
- No sé si eres consciente de que estuviste toda la noche en actitud desafiante, como a la defensiva pero haciendo de la ofensa la mejor defensa.
- No te sigo. No aprecié que estuviera desafiando a nadie.
- No es algo consciente, de lo que nos demos cuenta. Es por un gesto muy propio de ti y que tiene su lectura.
- Explícate mejor que la intriga no es nada buena.
- Bien. El todo es fijarse en la posición que toma el mentón respeto al ángulo recto que forma a partir de la perpendicular del pecho.
- Vale, prosigue.
- Si el mentón se encuentra por encima de ese ángulo recto, ligeramente levantado o lo que se denomina sagital superior, denota una indudable actitud de desafío. El que lo protagoniza está como por encima de los demás, manejando la situación a la vez que en una clara defensa de su persona. Si por el contrario el mentón estuviese por dejabo de ese ángulo recto o sagital inferior, el individuo estaría inseguro, buscando protegerse de los elementos que le rodean.
- Se supone que yo estaría haciendo eso del sagital superior, con el mentón hacia arriba puesto que has comentado que yo estaba desafiante. – comentó con cierto retintín al verse sin escapatoria.
- Sí, así es. Y te lo has tomado a mal. No debí decirte nada. – atajó dándose cuenta de que había metido la pata y que estaba haciendo daño.
- No, en todo caso es culpa mía por preguntar. Pero ¿te ha molestado verme así?
- ¡Qué va! Quizás es que no me haya explicado bien por el cansancio pero es que me encanta verte grande, en pleno crecimiento ante la adversidad. Eso me encanta de ti y no sabes cuanto…
- Anda, ven, que yo no podría enfadarme contigo después de comprobar lo que me has cuidado esta noche.
- Esta noche y las que hagan falta.

jueves 19 de noviembre de 2009

Epílogo. La crónica rosa

Creyeron que a lo largo de esa noche, avanzada la madrugada, acabaría. El trabajo invertido, los esfuerzos llevados a cabo, las noches en vela ajustando cada uno de los detalles para que todo estuviera perfecto y más que perfecto. Finalizado el banquete, dieron las gracias al director de sala por sus desvelos y la atención recibida. Se reunieron los que quedaban en la puerta del hotel y tras despedirse, cada mochuelo regresó a su olivo. El cansancio pudo con ellos y más que dormir directamente perdieron el conocimiento hasta bien entrada la mañana del domingo siguiente. Con el cambio de hora salieron ganando, una hora más para descansar que agradecieron sobremanera.
Ya lo que restaba de la jornada dominical lo ocuparon en hacer volver las cosas a su sitio. La casa había estado convertida en un verdarero hostal con los familiares que habían venido para el evento. Demasiadas sábanas y toallas esperaban ser lavadas amontanadas en el rebosante cesto de la ropa sucia. Algunas de las prendas dada la delicadeza del tejido necesitarían ser lavadas a la mano en la pila. Los zapatos a orear en la terraza al igual que otros complementos que convenía que cogieran aire antes de ser guardados en sus respectivos armarios. Un par de días y la normalidad habría regresado a sus vidas.
Tardaría algo más que dos días. Semanas incluso. Se dieron cuenta inmediatamente de que la boda no era un hecho que dormiría el sueño de los justos. Se había convertido en el suceso de la temporada, comentado por todos, analizado por muchos y dejando impasibles a muy pocos. Aquí el que menos opinaba acerca de la ceremonia, de cómo iban los invitados o los familiares, del banquete y de las viandas servidas o de lo que habían escuchado como habladurías en la cola de cualquier establecimiento. No quisieron dar importancia alguna pensando que se cansarían tarde o temprano. Era cuestión de tiempo de que desaparecieran de las portadas de estas imaginativas revistas de vecinos y conocidos volviendo a ser gente normal y corriente.
Pero no, se negaban a hacerles desaparecer de la palestra del cuchicheo. Habían demostrado estar a la altura de las circunstancias y eso debía ser sabido. Sobre todo en la famillia del novio, extensa y amplia, de todas las edades y profesiones. Muy variopinta, eso sí, pero con ciertas notas comunes, rasgos que los identificaban al completo como un todo bien organizado y unido. Mostraron una elegancia exquisita no solo en el vestir que eso a muchas volvió verdes de la envidia sino en el porte, en esa forma natural de moverse y desenvolverse exenta de soberbia y vanidad. Y qué decir de la educación, ni una sola mala palabra, ni una expresión grosera. Ni siquiera un comentario fuera de lugar ni una sílaba mal entonada. Comedidos en el vocabulario y en la experta oratoria de la que disponían, fueron capaces de mantener una conversación apropiada con cada interlocutor al que el trato siempre fue de igual a igual, cercano, llano y cálido.
La discreción de sus movimientos denostó la compenetración que existía entre ellos. No hacía falta hablar, solamente lo justo. Un ligero movimiento de manos o una mirada era más que suficiente para dar a entender cualquier cosa por muy compleja que fuese. Y los demás se percataron de ese invisible vínculo que les unía. Eran muchos, tal vez demasiados, pero formaban un único ente, unido e indivisible tanto para lo bueno como para lo malo. Ahí estaban.
Y esa naturalidad con la que hablaban, con la que caminaban, con la que gesticulaban al departir. No hubo ningún exabrupto que atribuirles a la mala educación recibida. Al contrario, la educación recibida era de muy buena calidad, eso saltaba a la vista. Podría creerse que en los de una determinada edad fuera normal por pertenecer a otra época en la que ciertos valores, costumbres y tradiciones eran tenidos muy en cuenta. Pero no. Sus jóvenes vástagos eran dignos merecedores de lo que se les inculcó desde críos. El respeto hacia los demás, la educación respecto a sus congéneres, la discreción y naturalidad de sus actos y palabras. Valores muy arraigados en la familia y que junto a su apellido constituían un legado que mantendrían para las generaciones venideras.
Y fueron esos aspectos en los que el resto de invitados a la boda repararon. Quizás por ignorancia supina pero no imaginaron que pudieran estar a la altura de las circunstancias. Probablemente pensaron que se comportarían de forma tosca, zafia y grosera haciendo de una boda una farra de tasca. El impacto y la sorpresa resultó letal. Los que no estarían a la altura sobrepasaron todas las espectativas llegando a eclipsar a quienes estaban seguros de brillar con luz propia. Relegados a la barrera, desde ella tuvieron que asistir a una excelente puesta en escena familiar de la que oirían hablar hasta la saciedad.

sábado 14 de noviembre de 2009

Capítulo tercero. La gran familia

Los automóviles torcieron la primera a la derecha en la concurrida avenida principal. Al final de la calle, justo haciendo esquina con otra arteria del viario urbano, se erigía el hotel en el que el banquete tendría lugar. Uno tras otro, respetando los turnos y haciendo gala de una extraordinaria paciencia, se detenían en la acera para que sus ocupantes, los familiares del novio, descendieran y fueran pasando al interior del establecimiento. Los coches los dejarían en un aparcamiento de pago que no distaba sino apenas unos cincuenta metros. Justo en la acristalada puerta de cristal se fueron reuniendo hasta que el director de sala y encargado del banquete los conminó a pasar a la zona ajardinada de la piscina en la cual se había organizado una pequeña recepción. En ella estaba previsto que los asistentes pasaran un rato mientras los novios se tomaban las fotografías que tenían pactadas en el otro extremo de la ciudad.
La familia del novio fue la primera en pasar a la recepción. La encontraron de buen gusto y no solamente por las mesas dispuestas en los márgenes de la piscina ni por la barra de bar que servía cocteles de vivos colores y sugerentes sabores, sino por la brisa que soplaba y agitando los pañuelos de seda supuso un alivio para el calor que habían manifestado en el interior de la iglesia. Las señoras tomaron el asiento que con cortesía sus maridos les cedían. No tardaron en traerles algo de beber, cóctel san francisco carente de alcohol. Los camareros, una cuadrilla de seis personas, esquivaron con suma habilidad a los que se encontraban de pie sin derribar las bandejas en las que podrían degustar canapés y una geométrica variedad de entremeses. Las conversaciones entre copa y copa y entre canapé y canapé transcurrieron exentas de sobresaltos, charlaron tranquilamente sobre asuntos propios de la familia, preocupaciones normales de sus miembros, preguntas acerca de cómo y dónde volver a reunirse todos juntos, costumbre que comenzaba a caer en desuso y era apremiante mantener. Era un vínculo que por nada del mundo estaban dispuestos a perder.
La animada plática familiar se vio truncada por la ruidosa llegada de la familia de la novia. Habían tardado lo suyo puesto que querían ver cómo el coche nupcial abandonaba la plaza. Y allí habían permanecido hasta que tomó el rumbo que les llevaría al sitio señalado para hacerse las fotografías. Luego decidieron ir caminando por toda la ciudad hasta el hotel, cruzándola de cabo a rabo, con el único fin de lucir sus galas. Clara muestra era el sofocante calor que traían y la ansiedad con la que apremiaban al barman para que les sirviera una copa importándoles poco de qué se tratase. No les dio tiempo sino de una segunda copa para aliviar la repentina canícula sufrida. El directo de sala avisó que los novios habían llegado; era el momento de pasar al comedor.
A las puertas del comedor se agolparon parte de los invitados. Miraban al interior de la estancia con ojos desorbitados queriendo entrar y ocupar el primer lugar vacío que hallasen por el camino. Tres parientes directos del novio se dieron cuenta al vuelo de que no sería así como los más impacientes pensaban. Nadie se había percatado del caballete con un vistoso cartel en el que se espeficaba la distribución de los invitados de acuerdo a las mesas del comedor. No había falta más que buscar su nombre y ver la mesa asignada. Ellos echando un rápido vistazo a la organización sugerida salieron al paso del resto de familiares y con orden se dirigieron a sus mesas.
Habiendo tomado cada uno su sitio y ante el discreto gesto de la madrina, el director de sala con dos breves palmadas dio aviso a su cuadrilla de camareros para que comenzasen a servir la cena inmediatamente. No había que hacerles esperar. Los invitados retiraron la servilleta de color azul añil y la extendieron sobre el regazo. Segundos después un camarero se acercó y preguntó cortésmente si preferían vino blanco o tinto. La mayoría decidió que lo ideal sería un buen vino blanco para estimular el paladar; el tinto lo dejarían para el turno de las carnes. No se equivocaron con la elección, se trataba de una buena añada a la que habían otorgado el punto justo de frío. Acto seguido, una camarera, pisándole casi los talones, inició el ritual de ida y venida de platos que circularon por todo el comedor. El menú seleccionado resultó del agrado de los comensales que no dudaron en dar las gracias por tan espléndidos platos. De primero hubo una crema poureau con salmón marinado en la que supieron combinar la templada temperatura de la crema con la fría del pescado. De segundo, en primer lugar, una zarzuela de marisco y pescado sobre lecho de aguacate bañada con salsa rosa y alcaparras, y, en segundo lugar, solomillo con guarnición acompañado por finas patatas campesinas y salsa de setas. Y entre una cosa y la otra, sorbete de manzana para evitar que el paladar confundiera la extensa gama de sabores y texturas. Como colofón final, el postre. La tarta nupcial que los novios habían cortado delante de sus invitados. Un delicioso pastel de frutas del bosque con un toque a limón junto a varias generosas bolas de helado de diferentes sabores.
Tras los abundantes brindis con sidra y champán, la música de una reducida orquesta de tres miembros comenzó a sonar en el salón. Los novios se levantaron de sus asientos y mesa por mesa fueron repartiendo los detalles que habían buscando con buen gusto para que guardaran un recuerdo de ese día. Inmediatamente los hermanos del novio siguieron sus pasos cortando la corbata y esquivando a los camareros que retiraban los servicios de las mesas. Las señoras pertenecientes a la familia del novio no pudieron resistir la tentación y salieron a la pista de baile tirando de la mano de los varones. Ellos reticentes a abandonar la conversación, el cognac y los cigarros puros terminaron accediendo al ruego femenino y alguna pieza que otra bailaron con maestría. No faltaron el padre del novio con una de sus hermanas, la madre y madrina con uno de sus hijos, uno de los hermanos del novio con una de sus primas, en fin, que la familia al completo sucumbió ante uno de esos sanos vicios que poseen.
Cuando quisieron darse cuenta, los pies no aguantaban más de tantos pasodobles y boleros ejecutados finamente ante los curiosos ojos de muchos y la atenta mirada de una cámara de vídeo. La madrugada amenazaba con tocar a su final a pesar de haber ganado una hora más gracias al cambio de horario. Hicieron balance de los que quedaban y no eran más que ellos y algún miembro de la familia de la novia que se despedía de la pareja rumbo a su casa. La otra familia comprendieron que había que dejarles descansar. Se despidieron cariñosamente emplazándose para el almuerzo en la casa familiar al día siguiente con ánimos suficiente para disfrutar de la familia al completo de la misma forma que lo habían logrado esa noche.

domingo 8 de noviembre de 2009

Capítulo segundo. Cantico dei cantici

Fueron entrando por el pasillo que desde la puerta lateral conduce al central, flanqueado por altas columnas de mármol que se pierden en la noche de la techumbre de madera. En parejas de dos, hombre a la izquiera y mujer a la derecha, hundieron sus pies en la roja alfombra presa hasta alcanzar los primeros bancos de las naves adyacentes. Los parientes de la novia habían quedado rezagados en la plaza admirando el coche del que descendería. Los del novio la recibirían dentro. Los caballeros, con el claro conocimiento de que los primeros bancos se reservaban para la familia directa y el resto para amistades y conocidos, se detuvieron hasta que la dama a la que acompañaban tomaban asiento. Habían sido criados con la mejor educación, esa misma que estaban poniendo en práctica. Hicieron un rápido sondeo de la disposición de los demás asistentes hasta que repararon en que el novio y su madre, la madrina, estaban en lo alto del altar.
Las primeras notas del órgano desgranando la marcha nupcial de Mendelson invadieron el ambiente de la iglesia compitiendo con el delicado aroma de los estilizados nardos y el inmaculado azahar que engalanaban el dorado retablo de columnas salomónicas. La imagen del Cristo del Gran Poder y la marinera virgen del Carmen desde lo alto de sus peanas daban su consentimiento para que la ceremonia, finalmente, tuviera lugar. Nada más escuchar los compases musicales, los invitados que asistían convidados por el novio, giraron sus cabezas al mismo tiempo dirigiendo la mirada al pasillo de la nave central. Desde el altar, el elegante novio esperaba a la que iba a ser su mujer. A su vera, la madrina, su madre, le contemplaba, embelesada y orgullosa, y con un disimulado movimiento de cabeza acompañado por sus ojos verde esmeralda le confirió la tranquilidad que necesitaba. La novia, conducida por su hermano que a última hora hizo de padrino, recorrió la larga alfombra roja hasta que fue entregada al que durante ocho años había sido su pareja.
El sacerdote salió de la sacristía, unió las manos en torno al pecho y acercando la boca al micrófono dio la bienvenida a los asistentes. Celebró gratamente la decisión de los novios de contraer matrimonio y pasó al atril desde el cual leería las lecturas que tenía preparadas. No pudieron ser más acertadas. La primera lectura consistió en un precioso fragmento del Cantar de los Cantares cuya poesía carente de rima resultó alabada en silencio; el salmo fue el número veintitres aludiendo a que en la mano del altísimo está la ayuda que se pueda necesitar; la segunda lectura fue extraída de la primera carta del apóstol San Pablo a los corintios tomada como ejemplo de lo que el amor es capaz; y el evangelio dio a conocer los sucesos acontecidos durante las copiosas bodas de Canaán. Tras comentarlas brevemente a modo de homilía y antes del refectorio, se acercó a los contrayentes a los que tomó los santos votos matrimoniales, propició el intercambio de alianzas entre los contrayentes y ritual de las arras que en una fina bandeja estaban esperando.
El órgano empezó a tocar de nuevo. En esta ocasión entonaba el Ave María cantado por una preciosa y afinada voz de mujer que consiguió poner los vellos de punta a más de uno. Su cándida y potente voz resonaba en el interior y exterior del edificio. Algunos de los que por alí pasaban no pudieron resistir la tentación de acercarse a la puerta y preguntar qué era lo que estaba pasando. El sacerdote procedió a alzar tanto el pan como el cáliz pronunciando un repertorio de palabras en latín al que los invitados respondieron en la misma lengua. Los más jóvenes no se atrevieron con el idioma religioso de la que poco conocimiento poseían.
Finalizada la misa, el cura se dirigió a los asistentes y les animó a que acompañaran a la joven pareja en su nueva andadura. A los contrayentes les pidió que se respetaran mutuamente y que por medio del diálogo superaran los obstaculos que se presentaran. De resto, solamente restaba el beso de los recién casados. Los aplausos y vítores, provenientes de la familia de la novia, resonaron y cesaron de repente al escuchar el órgano que con la marcha nupcial marcaba el final de la ceremonia. Los invitados por parte del novio en absoluto silencio abandonaron el templo y aguardaron en la puerta del Monopol repartiéndose granos de arroz y pétalos de rosas blancas. Al cabo de unos minutos los novios ya estaban saliendo por la puerta en calidad de matrimonio. A los moderados gritos de vivan los novios, todo el que pudo lanzó al aire bien el arroz bien los pétalos dejando el suelo cubierto por una blanca alfombra vegetal.
Las manos ya despejadas emprendieron un fuerte aplauso acompañado de algún que otro viva. Se aproximaron sin organizar ogobiante tumulto a ellos a felicitarlos por el enlace. Sonreían ya liberados de la tensión acumulada. La peor parte había pasado. Subieron al coche saludando discretamente con la mano. Iban a sacarse unas fotografías para tener de recuerdo de ese día tan especial a unos conocidos jardines de la zona. Cuando hubieses terminado se reunirían con ellos en el salón que habían reservado para el banquete de bodas en un conocido hotel de la zona. Allí, celebrarían con ellos el enlace.

martes 3 de noviembre de 2009

Las vacaciones de la bendita pulserita

Las dos espadas de Damocles desaparecieron con un mes de diferencia. Una de ellas, la primera, a finales de septiembre consumiendo las escasas esperanzas de conseguir un futuro estable y sin sobresaltos. Las ilusiones y las energías se consumieron al mismo tiempo pero sin dejar que mi cuerpo y mi mente se rindieran puesto que restaba la otra espada, la segunda, quizás más afilada y de mayor peso. Esa estaría ahí sobre la frente hasta finales de octubre. La boda que tantos disgustos y quebraderos de cabeza ha dado. Pero afortunadamente y para alegría de todos, ya ha pasado. El horizonte ahora se presenta incierto, plagado de dudas acerca de la forma más adecuada de volver a retomar tantas y tantas cosas que se han ido aparcando a un lado. Habrá que ponerse manos a la obra e irlas liquidando. Aún no, es pronto. Conviene tomar unas más que merecidas vacaciones, esas que se han ido posponiendo y con razón. Vacaciones de las que todavía queda una semana larga dado que los anteriores diez días han sido bien empleadaos en una de las mejores inversiones en placer que se hayan podido hacer.
Ya por el puente del Pilar se había organizado una pequeña escapada de tres días en un hotel de una zona turística en el sur de la isla. Puede parecer que fue un dineral pero para nada lo fue. Si lo hubiera sido ni la remota idea de llevarlo a cabo. A precio de risa por día ofrecían alojamiento, las tres comidas de rigor más una pulserita de plástico que llevándola en la muñeca permitía acceder a prácticamente todo sin tener que poner un duro. Un todo incluido fuera de la época estival que decidió, por mí, repetir para mis vacaciones y las suyas, claro está. Habría que pagar algo más, no mucho por ser residentes, en concepto del pasaje de barco que nos llevaría a uno de los tantos rincones del planeta que aún no era conocido. No tuve que hacer nada, se encargó de orquestar las mejores vacaciones que he tenido en mucho tiempo. Limitándome a asentir y a poner mi parte de los gastos he sido arrastrado a un descanso casi completo.
En esos diez días que me lucieron diez meses, no hubo ni problemas ni objeciones. Las preocupaciones desaparecieron de un plumazo. La única preocupación durante esta semana ha sido que la amplia copa estuviese llena de un fresquísimo coctel San Francisco sin alcohol del que no nos cansamos beber. De la habitación no ha habido queja alguna, limpia desde muy temprano, con unas hermosísimas vistas del litoral costero en estado semi salvaje y dotada de un potente equipo de aire acondicionado para estas noches veraniegas que en otoño no nos abandonan. Los platos del buffete del comedor no han podido estar mejor, diferentes clases de ensalada desde la rusa a la césar pasando por la caprise y la americana, caldos y consomés, carnes a la plancha y pescados al vapor sin olvidar el surtido de postres. El servicio inmejorable, los camareros atentos a nuestras demandas, los conserjes pendientes de que estuviéramos satisfechos.
No podemos dejar atrás las diversas actividades de animación para los clientes del etablecimiento hotelero. Desde bien temprano el silbato del animador que dominaba varios idiomas a la perfección nos arrancaba del sueño que en la tumbona de la piscina en el que muchos se sumían. Actividades de todo tipo y para todos los gustos. A más de una nos apuntamos como participantes: tiro con escopeta de aire comprimido, ping pong, billar, dardos, tiro con arco del polea en el que comprobé que sigo teniendo puntería, varios partidos de water polo y lo que cada día a eso de las diez y media de la mañana reunía a grandes y pequeños. El aqua gym. Una nutrida tabla de ejercicios que tenía lugar dentro de la piscina. Con razón acabábamos rendidos y dispuestos a echar una breve pero intensa siesta para incorporarnos a la segunda fase de entretenimientos, ya en hora vespertina.
Las noches, lejos de ser tranquilas y estar dotadas de serenidad, no permanecieron exentas de variopintas atracciones que resultaron ser un rotundo éxito para los que allí estábamos. Desde la noche dedicada las noches parisinas con música de Josephine Baker entre otras voces, la fiesta que se hizo emulando a finales de los años cincuenta cuando el rock and roll comenzaba a despuntar con ídolos como Jhonny Cash, Elvis Presley y más que sonaron durante esa noche. Diferente al resto fueron, por un lado, la elección de miss y mister en la que ni el tipo ni la belleza jugaban papel fundamental. La clave radicaba en la destreza e ingenio para superar las pruebas impuestas como interpretación de varias canciones, pases de modelo con disfraces improvisados y demás. Por otro lado, hubo un espectacular karaoke con melodías de cualquier momento musical que los más atrevidos no dudaron en arrancarse aunque poco pudieron hacer con el ganador induscutible que con el éxito Push, de Matchbox 20, interpretado por segunda vez en menos de un mes en el que me he dejado las cuerdas vocales. Mereció la pena, no me arrepiento, y nada más por ver su cara y sentirme entregado al tema que hice mío.
Y las madrugadas, madre mía qué madrugadas. Escapando del hotel por las calles peatonales de la reciente urbanización hotelera. Huyendo de nuestras propias sombras que serpenteaban bajo la luz de las farolas. Llegando descalzos a la orilla del mar, en esas escondidas y recónditas calas de arenas amarillentas. La sensación magistral de silencio fue magistral noche tras noche en cada una de las calas que visitamos en cuyas aguas nos hundimos hasta que la luna nos sorprendía y, discreta, miraba hacia otro lado. Vacaciones como estas, muy pocas, así he vuelto, más relajado de lo normal. Y que me dure.