domingo, 10 de diciembre de 2017

Octava epístola a una amistad caducada


14 de septiembre de 2007
“Llame el fulano esta mañana y quede con él a las tres para recoger las llaves y que él me indique dónde está la casa. Parece majo por teléfono, espero que no se rebote y se ponga con majadería de última hora porque le cuelgo de un pino (que guerrero me levanté hoy). Dice que te estuvo llamando pero vamos, que ya está solucionado.
Jo, que penita que no nos podamos quedar hoy, me cachis. Me hacía ilusión teneros todo el fin de semana en plan acaparador. Pero bueno, su santidad comprende y os condenara con sentencia de excomunión, digo que no hay problema. Dile a […] y a […] que no se preocupen pero que vengan mañana, por favor (estoy de rodillas y todo), que como no vengan sé donde viven.... Tú sí, ven esta tarde un rato así no te pierdes unas cosiñas que solo tengo para la gente vinculada a la oficina de […] y a la de[…] (tengo un anisete y un tinto cosecha de 2005.....).
Pero prométeme que mañana lo vamos a pasar en grande, que hoy entre el […] y el […] acabaré facha perdido y con pelusilla bajo el hocico. Que sin vosotros la fiesta no va a ser la misma por favor snif snif (usaré todas mis armas). Eso sí, mañana sábado desde temprano puedes bajar y así estamos abajo retozando en la casita, a partir del lunes un solar.
Yo ya te aviso cuando llegue a la casa con un mensajín.

Un besazo prefestero.”

martes, 5 de diciembre de 2017

Raíces


El apellido de los Hunting sirve de contraseña para formar parte de lo que consideran un club selecto. Un colectivo que guarda nada más por el mero hecho de poseerlo una serie de ventajas a quien lo lleva detrás de su nombre de pila. No llevarlo significa estar en otra consideración y pobre de aquellos que se arrimen a quien lo lleva puesto que será sometido a una dura prueba todos los días de su vida y es que un Hunting no merece cualquier cosa. Quien lo lleva es porque se lo ha ganado desde el mismo instante de su nacimiento y sólo por eso será distinto que el resto. Con el apellido heredará un carácter que, unido a ciertos rasgos físicos, le hace inconfundible y digno merecedor de pertenecer a tan ilustre familia.
Pero pobre de quien no lo lleve a pesar que por sus venas corra la sangre de uno de los que lleve el mencionado apellido. Ese es un Hunting pero no de primera línea. Si le añadimos que sus orígenes no son los socialmente adecuados y ponen en entredicho la rectitud y educación familiar, tenemos un secreto al que echar tierra para que no salga a la luz la mancha familiar. Esto es lo que le ocurrió al hijo de la criada que a pesar de ser su padre el mayor de los hijos de la casa donde servía, de poco le sirvió dado que no mediaba matrimonio entre sus padres y a ojos de todos era lo que se conocía como un hijo de risa.
El niño creció siendo inscrito con los mismos apellidos de la madre por lo que le tuvieron por hermano de su madre y de sus tíos. Andaba con ropa humilde señalado a escondidas por los hermanos de su padre que conocían a la perfección los amoríos mantenidos con la que servía en su casa y que, después de dar a luz, nada quiso saber del padre de su hijo prohibiendo que se acercase. Ni siquiera años más tarde, cuando ya era un joven que no negaba los rasgos y el parecido a su familia paterna, permitió que al venir su padre de Venezuela le diera los apellidos que el hijo deseaba más que nada en el mundo.
Al término de sus días, motivado su precipitado fallecimiento por la leucemia que un par de años antes llevaron a su padre a la tumba, siendo consciente del poco tiempo que le quedaba de vida, quiso saber algo de sus tíos, de los hermanos de su padre. La reticencia que encontró por su parte fue inesperada. Durante toda su vida nada había sabido de ellos y parecía que nada sabría. Pero uno de sus tíos rompió el hielo y acudió a su casa a visitarle ante la sorpresa del proscrito que no podía sostenerse en pie al ver a un hermano de su padre entrando por la puerta. Menos pudo esperar el ofrecimiento de reconocerle y darle el apellido que su difunto hermano no le pudo dar. Si su deseo era disponer del apellido, él se lo cedería con gusto. No quiso. Agradeció el ofrecimiento pero no quiso. Era lo que deseaba pero era mejor así dejar las cosas como estaban. Sus tías se opusieron a lo mismo, no entendían la importancia de darle el apellido Hunting a alguien que no lo había echado en falta a lo largo de su vida aparte del trastorno que supondría tener a uno más que pusiera la mano para recibir la parte de la herencia del imperio.
La enfermedad no le respetó y fue empeorando. Sus tíos, viendo que ya uno había ido, acudieron envidiosos a visitar al recién encontrado sobrino. Incluso en su funeral estuvieron y en la misa de entierro. Sobre su lápida lucía grabado en mármol el apellido de los Hunting.

Séptima epístola a una amistad caducada


13 de septiembre de 2007
“Pan y vino señor, queridos hermanos hasta aquí la santa misa, podéis en paz.
Bueno, terminada la misa de doce. Que tal estamos por esos santa cruces de dios. Aquí una calor que me muero sudadito. Ya tengo cositas preparadas para mañana y una ilusión que bueno. Los tengo a todos avisados, ahora que empiecen a dar señales de vida (mientras no sean de humo que se me empañan las lentillas). Hasta los discos con la música están preparados, si eso tráete alguno tuyo también así montamos una fiesta de las de condenarnos al infierno, mmmmmmm infierno.
Pase por la oficina hace dos días y se los dije. Pero por lo visto de San Vicente para allá tienen la veda o algo porque fue decirles […] y como quien les dice […]. Que tan lejos no está ([…], no […]). […] será la que baje y dice que si se llevaba saco de dormir. Dios bendito, que se nos queda con nosotros. La corrompemos en una noche y cuando la duerma unos ronquidos como si serrara troncos. La dije que avisara a […] y a […] para que bajaran (ya te contaré algo de […]).
Id preparando las cosas, bañador y toalla porque mi primo quiere irse a la playa (esto de salirnos medio besugo no es bueno). Perdona que tarde en escribirte pero estaba terminando el tiramisú. Me ha quedado de muerte. No olvidéis la cámara de video (esas cintas valdrán oro), y las cosas para caracterizarnos que veréis que risas. 
Una pregunta, el fulano de la casa se ponía en contacto con nosotros para llevarnos a la casa o nos tenemos que poner nosotros en contacto. Sería para llamarle esta tarde o mañana por la mañana y decirle a qué hora le viene bien y donde (a ver si nos tiene que buscar Paco Lobatón).
Bueno, te dejo que esto de estar entre fogones me da un hambre que paso más tiempo sin conocimiento de que de pie. 

Un besazo enorme y cuídate mucho.”

jueves, 23 de noviembre de 2017

El diario convertido en epistolario


Creí que la inspiración se me había acabado para siempre. Como ya conté en el aniversario anterior del diario, por espacio de unos prolongados meses pensé que la inspiración me había abandonado para no volver. Sin embargo, las ganas regresaron de forma paulatina, poco a poco, sin prisas pero sin pausa. Había dejado muchos temas en el tintero, sucesos importantes que debían ser contados para que no cayeran en el olvido. La mayoría eran situaciones próximas, vivencias personales y percepciones que había experimentado en algún momento de ese frenazo de este diario. Volví a juntar las palabras para tratar de exponer cómo fluían mis sentimientos y cómo se encontraban mis estados de ánimo.
Me sentí bien. De vicio. Le he cogido gusto a esto de escribir y llegué a sentirme vacío al no poder plasmar en escritura lo que bullía en mi mente. Parecía que me faltaba algo que no podía explicar hasta que nuevamente la inspiración me atrapó. Me atrapó de una manera un tanto peculiar. Los posts que van sobre mi peculiar punto de vista y mi particular forma de sentir han ido alternando con una serie de cartas que lo que han hecho es provocar un aluvión de relatos que si lo planteo bien no doy abasto con tanta escritura. Son emails que he ido enviando con el paso de los años a amigos, familiares, compañeros de trabajo, auténticos desconocidos, gente especial. Muchas de esas misivas las consideré perdidas en los océanos del olvido siendo yo el culpable de no haber guardado una copia para la posteridad.
Cuando ya había entonado hasta la saciedad el mea culpa, en una jornada de aburrimiento estival revisé mi correo electrónico dispuesto a borrar la basura que se me acumula con tanta propaganda y tanto email que no guarda sentido alguno. Ahí fue cuando di con una opción que guarda automáticamente todo correo enviado por mí, correo que me hizo viajar hasta mediados del año 2006 y me di cuenta, junto a un ataque de vértigo, de lo rápido que ha pasado la vida y de cómo ha ido cambiando ésta en algo más de una década. Decidí no eliminar esas cartas. Las dejé dónde estaban y las he ido pasando a formato presentable con la única modificación de no mostrar los nombres que se dan en ellas para no dañar la integridad de las personas que menciono.
Las he ido clasificando según su destinatario para darles un poco de sentido y que se aprecie la evolución que en su contenido se pueda ir apreciando. Son un buen testimonio del modo en el que se desarrollan las amistades y las relaciones humanas en general, en este caso, las mías. Releyéndolas, no tienen desperdicio alguno y cierta nostalgia he  experimentado al evocar otros tiempos en los que parecía que nada podía ir mal. La pena es por aquellas cartas que no han podido ser rescatada pero la mayoría están ahí esperando ser publicadas puesto que el análisis sería mucho más exacto y contrato de lo que ha ido pasando para llegar a ciertos extremos.

De ahí que el diario de un rebelde haya iniciado otra nueva etapa alternando las vivencias personales, reminiscencia de aquel diario intimista y privado, junto con el género epistolar que otras veces he puesto en práctica pero que ahora constituye un cimiento firme de lo que en este diario, después de trece años de trayectoria, se ha ido y se seguirá contando.